Reseña de El Viento se Levanta

wind rises manga

Quizás el mayor antagonista de todo el metraje de esta El Viento se Levanta, la última producción de Ghibli en llegar a nuestros cines desde Ponyo en el Acantilado –ya fantástica y, a mi modo de ver, la mejor heredera de la mágica felicidad residual con la que Mi Vecino Totoro consiguió elevarse hasta el punto de película de culto animada–, sea la pantalla azul que, mascota de la compañía extraída de la película de 1988 que antes menciono mediante, nos anuncia que estamos ante una película más de la factoría de Hayao Miyazaki y compañía. No hay nada especial de un modo superficial: es el logo de siempre, es el mismo silencio respetuoso y solemne al que estamos acostumbrados desde hace tantísimo. Es la misma puerta, suave, educada y extremadamente cohibida que nos recibe de nuevo. Acogedora como la que más, con unos segundos de penumbra que, esta vez, cobran más fuerza reflexiva que nunca: todos sabemos que es la última –parece que esta vez de verdad– película dirigida por Hayao Miyazaki, y eso es algo deprimentemente especial. Para todos.

El fin de una era, aunque luego pueda llegar a escarcear con otros medios, al fin y al cabo. Los últimos pasos sobre un camino que, al contrario que en otros campos en los que durante estos años se sufren irremediables relevos generacionales claros, aquí parece no encontrar una continuación definida sino un callejón cerrado que nos impide ver lo que pasará en un futuro que se antoja, de primeras, huérfano de ese sello tan puro y reconocible con el que el genio japonés ha sabido firmar cada uno de sus trabajos. Porque habrá otros cineastas que puedan intentar cautivar con sus estilos, tanto dentro de la propia Ghibli –con Hiromasa Yonebayashi (director de El mundo secreto de Arriety) o Goro Miyazaki (responsable de La Colina de las Amapolas) a tener en cuenta–, como fuera, con por ejemplo el destacable Mamoru Hosoda (Summer Wars) como posible estandarte de la animación japonesa que se nos, espero, vendrá encima en los próximos años. Pero claro: ninguno tiene, me temo en cualquier caso, la suficiente fuerza y carisma del genio que concibió obras maestras como Porco Rosso o La Princesa Mononoke.

El Viento se Levanta (Kaze Tachinu en el original, tanto en el manga que Miyazaki dibujó en 2009 como en la versión cinematográfica) también es una obra maestra capacitada (que no ideada al milímetro: todo surge estupendamente natural) para estar en ese olimpo animado de lo japonés. Es la despedida de un maestro, una basada en una última carta de inconfesable amor: es una historia disfrutable, agradable a primera vista y amable en las dos horas y pico que requiere para relatarnos la vida de Jiro Horikoshi, un último personaje, basado en uno real (la película bordea el biopic durante todo el rato), con el que Miyazaki quiere darnos un concluyente consejo, una última lección que cierre toda esa retahíla de ecológico y sentimentalista –para bien– mensaje que desde el principio nos ha querido contar: que luchemos por nuestros sueños. Como si de un último empujón se tratase, relata acerca de la importancia de las metas, de seguir volando y de afrontar las dificultades. Y lo hace a través de las desventuras del antes mencionado Horiskoshi, diseñador del que fuera uno de los aviones japoneses más reconocibles de la Segunda Guerra Mundial, el Zero.

kaze tachinu 1kae tachinu story board

La historia del ingeniero es interesante, en cualquier caso: es un personaje del que no sabía prácticamente nada; me apetecería, dentro de un tiempo, profundizar más de lo que la película hace, que no es mucho: se comienza en la infancia y se concluye en un punto muy satisfactorio, pero el mensaje que de verdad importa, el más moralista para con la figura ahora icónica del japonés, se olvida. Totalmente: salvo un par de frases y mensajes, ocultos quizás para un público no lo suficientemente atento (probablememente por lo deslumbrante de la animación) no se hace ningún tipo de alusión al hecho de que el sueño del protagonista, el de poder surcar los cielos y construir sus amadas máquinas de vuelo, se mezcla con el uso extremadamente mortífero que los kamikazes daban a sus diseños durante aquellos días.

El director no quiere (porque podría) incidir sobre el conflicto bélico más allá de un par de planos totalmente naif, sino que prefiere evitar esa confrontación –posiblemente por lo precedecible de su lógica resolución– para, con ello de trasfondo e invitándonos a que reflexionemos (si queremos) después sobre el tema belicoso, presenciemos un relato de amor animada con la que es fácil confraternizar gracias a un conjunto llevado por un gusto por lo exquisito auténticamente único. El suyo, de hecho: mucho hay de jerga propia, de una sana autosatisfacción en lo que parece una demostración clara del dominio adquirido con el paso de los años. Las mejores escenas, vaya, son las que son pura magia animada silenciosa: Miyazaki no necesita ningún tipo de acompañamiento, más allá de los descollantes ritmos compuestos por Joe Hisaishi, para esperanzarnos (o aconjogarnos: la escena del terremoto de Kanto está devastadoramente bien llevada) con su dirección, fabulosa y enriquececedoramente brillante. Porque decía antes que ésta era una buena historia, pero también es, de manera más amplia incluso, una cinta sobresaliente por cómo resuelve todo lo que supone. Es un testamento genuinamente perfecto: alejado de cualquier tipo de trivial fantasía ya conocida –no por ello olvidada o no necesitada– Miyazaki se ha centrado en un tema que le apasiona –el de la aeronáutica– para darse un último regalo animado. A él, también a todos nosotros. Imprescindible para entender su bibliografía, sobresaliente para visionar de una manera individual.

  • Moroboshi

    Lástima que una peli de aviones en el retiro del maestro haga que nos podamos ir olvidando del viejo proyecto de Porco Rosso 2.