Reseña de Kanikosen

Kanikosen-220x300Kanikosen es una de esas obras. De las que no se pueden abordar a la torera, así por las buenas, y creedme cuando os digo que esto no es mera palabrería y que no querréis llevarme la contraria: clásico imprescindible en su Japón de origen, la obra conocida por estos lares como El Pesquero es de las que piden a gritos conocer, aunque sea mínimamente, su contexto, sus predecesores y los obstáculos que se le presentaron en su día.

Si tenéis la intención de entender y hasta de disfrutar esta obra escrita por Takiji Kobayashi en 1929, más os vale. Si no, tampoco es que estéis perdidos, pero como si lo estuvierais. Porque Kanikosen es una obra que necesita que se comprendan los matices de una época harto complicada. Porque, ante todo, Kanikosen es una obra propagandística en su sentido más amplio, ni más, ni menos.

La editorial Gallo Nero ya lo sabía cuando se propuso traer a nuestro país su adaptación al manga, pero nosotros –no todos, al menos–, no. Y así, de hecho, nos lo daba a conocer la editorial madrileña en el interesantísimo prólogo de su edición final en España: con tan solo 29 años, el joven autor Takiji Kobayashi sufrió las terribles consecuencias de su ideología en una época en la que cualquier flirteo con el marxismo se consideraba una traición contra la nación japonesa, y como suele ocurrir en estos casos, fue el paso del tiempo el que acabó convirtiendo a Kobayashi en una suerte de mártir. De este modo, Kanikosen, su obra más famosa alrededor del globo, acabó convirtiéndose de forma muy similar en lo que El Acorazado Potemkin fue para la Rusia bolchevique: la síntesis de una serie de ideales que, aunque plasmados en una obra de ficción, trascendían sobre cualquier interés narrativo con el fin de dar importancia a su trasfondo.

Dado el gran parecido que guarda con Kanikosen, me ha resultado inevitable no hacer mención de la película de Sergei Eisenstein: su proximidad temporal (la primera se fraguó en 1929 y la segunda algo antes, en 1925) sugiere incluso ciertas influencias directas, algo que, lejos de resultar factible o no, ni está demostrado ni nos corresponde averiguar aquí. No obstante, resulta enormemente curioso que ambas hayan buscado un contexto casi idéntico para su metáfora a pequeña escala de la situación política de sus respectivos países, retratados como grandes naciones cuyas clases trabajadoras se veían subyugadas por el poder del capital. Tres conceptos básicos se repiten lo suficiente en ambas historias como para no adentrarse en una sin acordarse de la otra: un barco en alta mar, una tripulación explotada y unos mandos superiores corruptos, déspotas y clasistas.

Hasta aquí cualquier similitud que pueda atribuírseles, pues el tratamiento que le da Kobayashi al concepto toma, de hecho, una posición claramente más victimista en lo que a sus intereses se refiere: casi en la totalidad de la obra, convierte a sus personajes en unos sufridores confesos y plenamente conscientes de su hostigamiento, y hasta puede que, incluso, un pelín masoquistas: el pretexto de Kanikosen, así pues, es el de una historia pensada para que hurgue con cierto descaro las entrañas del lector, que genere tal grado de empatía con todos aquellos personajes concebidos para ello que nuestra mente intente eludir ciertas licencias que la obra se toma y que, pensadas en frío, resultan tan evidentes como autoconscientes si uno se las toma como fallos en potencia.

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Sin embargo, delicadezas las justas: son autoconscientes estas licencias, decía, porque el contexto histórico que Kobayashi tuvo que comerse con patatas bien que lo requiere. No en vano, Kanikosen está considerada en Japón como la novela proletaria, y esto ya resulta más que suficiente para comprender el propósito de la obra; su cometido propagandístico y su llamamiento a la insurrección llenan el desarrollo de una historia mayormente centrada en que su mensaje anticapitalista cale tan hondo como sea posible, y que hace que ciertas libertades narrativas que se toma –ese final tan repentino o esa caracterización tan extrema de ciertos personajes— acaben resultando perdonables e incluso beneficiosas para el conjunto. No creo, personalmente, que se trate de una cuestión de pereza o de torpeza, y de ser así, lo disculparía: al fin y al cabo, el alma y la esencia de Kanikosen están en otro sitio alejado de una narrativa triunfante y otras pijadas similares, y su propósito tajante y único es el de demostrar cómo una nación movida por el individualismo y la avaricia, valores promulgados por la sociedad capitalista, deshumaniza y corrompe a sus individuos.

Del resto, se encarga la puesta en escena de un Go Fujio que, con un dibujo generalmente correcto, le pone cara y ojos a esta historia de supervivencia, lucha y entereza, que resulta tan efectiva como pretende ser y algo menos profunda de lo que nos gustaría. Allí donde obras anteriores como la interesante El capital de Herder Editorial conseguían un retrato bastante redondo de los perjuicios del capitalismo, Kanikosen se lo monta para que su mensaje resulte algo más superficial y efectista, lo cual la hace a su vez menos sutil y, a ojos del lector, quizá más descarada. Con una edición notable en todas sus facetas, Gallo Nero se estrena así en la publicación de manga con una obra quizá un tanto elitista para el lector medio, pero que a todas luces supone una alternativa firme cuyo único impedimento para darle una oportunidad es un precio un tanto mareante: 19 euros del ala, que se dice pronto. Si los merece o no ya es cosa de cosa de cada uno, pero su lectura es, desde luego, necesaria.


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