Pluto, de Naoki Urasawa: homenaje y valor

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Muchas veces se habla acerca de lo notable del cambio que ha experimentado el manga en su concepción más artística con el paso de los años. Es algo simple: no es muy difícil ver cómo los cimientos más rudimentarios de toda una industria han ido variando y moldeándose según el momento, reculando y oscilando de un lado para otro según fuese necesario y en base a un montón de variables que, al final, no han hecho sino que hayamos llegado, desde aquellas pioneras sátiras de hace un par de siglos, hasta lo que hoy conocemos como manga. Un concepto donde las narrativas han ido contorneándose a sí mismas, saltando diversos obstáculos que no han hecho sino reforzar profundamente toda la parte creativa hasta llegar a un amalgama, el actual, donde hay también mucho más de cohesión cultural –series, películas o cómics de cualquier procedencia– que de simples referencias y saber hacer autóctono. Que también, por supuesto: supongo que la base de todo esto es, en gran medida, ese llamativo respeto que los japoneses tienen hacía todo lo que ellos suponen como icono social cerrado para con sus fronteras. 

Por todo eso este Pluto de Naoki Urasawa es una lectura tan y tan necesaria, un material de estudio para unos y otros tan bueno: quizás sea el mejor ejemplo escenificado de todo lo anterior, y por un montón de cosas. Muchísimas, de hecho: los ocho tomos de los que consta la historia del autor de esas obras maestras que son Monster y 20th Century Boys no son sólo un compendio de aventuras y giros de guión como sólo el también responsable de las menores Yawara! y Happy! sabe hacer, sino que se trata de algo mucho más profundo, valiente y, sobre todo, excitante: es la mejor oda hecha hasta ahora hacia el manga clásico y Osamu Tezuka en particular, dos conceptos tan ligados entre sí que no se pueden concebir por separado dada la cima en la que, para todo el mundo, está situado el trabajo del considerado Dios del Manga.

De hecho, Makoto Tezuka, heredero principal de las propiedades intelectuales de los trabajos del anterior, cuenta al final de un par de tomos acerca de cómo surgió la idea de este proyecto publicado entre 2003 y 2009; a Urasawa, que se le presupone un tipo humilde y fantásticamente trabajador, se le pinta como tal: se dice que el autor quería realmente hacer esto, rendir tributo –representando a casi toda una generación, al fin y al cabo– al hombre que dio cosas como Fénix o La isla del Tesoro, pero con Astroboy en el punto de mira. Porque de eso iba todo esto, de una pequeña historia, El robot más fuerte del mundo (incluida en el tercer tomo de la colección que aquí publicó EDT) sobre la que Urasawa quería dar su punto de vista. Uno muy fiel y respetuoso, tan y tan acorde a lo que se esperaba de un simple homenaje que cualquiera podía haber hecho estando en esa frontera entre la cobardía y la infravaloración personal que, el ya mencionado Tezuka junior, tuvo que tirar para atrás y pedirle, por favor, que esto no fuera un mero re-dibujo de lo que su padre había hecho en la década de los cincuenta; que fuera, más bien, la colisión de dos estilos: el de su progenitor, por supuesto, de una forma casi atmosférica, y la suya propia, con ese buen hacer contemporáneamente modélico que sólo Urasawa podía impregnar de principio a fin.

Y vaya si lo hizo: Pluto se identifica desde el principio como algo muy sólido y propio, construido por un Naoki Urasawa tenaz y muy atrevido que, tras acabar la majestuosa Monster poco antes de comenzar con ésta, no se le agotan ni las ideas ni los recursos narrativos propios de un autor que, por esos mismos modos de hacer manga moderno, gusta a cualquiera que se preste a leerlo con un mínimo de atención. Con esta obra, por supuesto, ocurre lo mismo: la historia de Geichst, un robot detective que investiga los extraños asesinatos que están aconteciendo sobre los siete robots más fuertes del mundo, es interesantísima, sabe mantener el ritmo y está especialmente bien hilada de principio a fin. Hay tantos matices, un universo tan interesate y bien plasmado (no es necesario saber absolutamente nada del Astroboy original para disfrutar de esta relectura del clásico, aunque los constantes guiños y rediseños son auténticamente estupendos) que es imposible no sentirse superado por todo el huracán de lecturas y subtextos que hay a lo largo de la historia de un manga que, precisamente, hace historia formando parte de la misma.


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