Análisis de Pokémon X e Y

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El éxito de la saga Pokémon sigue siendo indiscutiblemente doloroso para cualquier otra franquicia que intente compararse: ser Pokémon no es, aunque lo parezca, fácil. Hay mucho de publicidad y marketing en la franquicia de Nintendo, pero  también hay mucho de una sana (aunque demoledora) retro-alimentación casi caída del cielo: en Game Freak han aprendido, por su bien, que tienen en sus manos el poder de tocar la fibra sensible de cientos de miles de jugadores de una forma relativamente sencilla: con reciclar un par de elementos de anteriores entregas ya tienen medio camino hecho. Lo llevan haciendo un buen montón de años con una saga que al principio, claro, no contaba con ese factor de nostalgia capaz de mover masas y producido en consecuencia de unas primeras ediciones que contaban con la idea de un Satoshi Tajiri en pleno estado de gracia: Pokémon no sería lo que es hoy si en primera instancia no hubiéramos conocido ese RPG de sencillo envoltorio pero fascinante ejecución basado en la recolección e intercambio de criaturas de distintas características. Vale, actualmente la cosa no ha variado demasiado, con etapas mejores y peores debidas a la explotación por parte de los responsables de la saga y el consecuente desgaste producido, pero eso ya debería decirnos algo acerca de la saga.

Justo por eso ha habido en los últimos juegos –a la par que el cierto aunque muy cauteloso avance lógico– una comodidad absoluta por parte de los desarolladores: siguiendo el mismo esquema una y otra vez han estado consiguiendo colas de clientes esperando en la puerta de sus propios establecimientos año tras año, así que para qué iban a cambiar nada. Siempre ha habido ahí un notable miedo por partes de el equipo desarrollador hacia lo nuevo, hacia el posible y desafortunado tropezón que les bajara –más o menos violentamente– de ese seguro y agradable peldaño de super-ventas en el que habían conseguido mantenerse en todo el mundo.

entrenadorY, en consecuencia, un cada vez más acusado desamparo creativo que no ha hecho sino perjudicar la saga de una manera razonablemente lenta: si en las primeras ediciones para Nintendo DS, Perla y Diamante, la cosa todavía era medianamente divertida –aquella generación tuvo otros problemas diferentes– en las últimas, Blanco y Negro 2, la cosa comenzaba con auténticos síntomas de flaqueza; curiosamente ése fue el juego en el que se intentaba mostrar algo más de pretendida madurez en el contexto narrativo general, sí, y las ventas –como siempre– acompañaron, pero el espíritu ya no estaba ahí: no con una región ya vista y con un conjunto general agotado y que pedía un relevo generacional en una época que se debía ya dejar atrás para innovar de una manera correctamente fiel a lo establecido como bases de un juego cada vez más competitivo, pero con la estela de una mirada no puesta ya en el horizonte, sino directamente más allá.

Y esta vez lo han conseguido. Porque Pokémon X e Y consigue ir incluso más lejos. Mucho más.

Cuando comenzamos Pokémon X e Y todo nos sorprende: es lo mismo que llevamos jugando más de una década, pero es radicalmente distinto. Se ve diferente, se juega de otra manera y en general nosotros no somos los mismos que cuando tuvimos nuestras primeras ediciones. Probablemente seamos conocedores del desgaste de la saga, y por eso precisamente quizás esta vez nos guste todo tanto; el secreto de estas ediciones es eso mismo: no es un juego para ese crío de diez u once años al que sus padres comprarán cualquier cosa que lleve el sello Pokémon; es un juego para redescubrir y volver a enamorar a ese veinteañero que dejó la saga hace unos añitos y que no necesitaba más que un poco de trabajo y dedicación por parte de Game Freak para volver a emocionarse con un argumento que, aunque sigue queriendo delimitar la frontera entre lo adulto y lo familiar, está más pulido –es más ambicioso– y añade algo más de sórdida crítica social.

Porque aunque no haya 3D –y cuando lo hay el framerate baja puntualmente; en lo técnico no es demasiado apabullante–, el juego es divertido y fascinante a partes iguales: es, básicamente, todo lo que se le puede pedir a un juego de la franquicia, tanto en conectividad (muy fácil el intercambiar y competir vía internet) como en historia: lo mismo de siempre –pokédex, equipo malvado, liga– pero con el añadido de los nuevos gráficos, lo cual sienta de maravilla a la saga: desde el primero hasta el último de los combates, pasando por cada uno de los recovecos de la región de Kalos, es todo más dinámico.

Quizá en esta valoración todos hayamos sido algo injustos con el resto de juegos que salen cada día al mercado; es culpa de la magia de Pokémon. Mientras que en algunos otros juegos el no contar con una exhaustiva personalización del personaje es algo ya inconcebible, aquí se festeja que podamos cambiarle un par de camisetas y pantalones al nuestro. Se le perdona mucho, pero tampoco es algo necesariamente malo: Pokémon ha estado siempre ahí, y eso no lo pueden decir muchos juegos. Y lo seguirá estando.

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