Reseña de Magnetic Rose

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El 24 de agosto del reciente año 2010, tuvo acontecimiento una las efemérides más tristes que se han podido dar recientemente en el mundillo del manga y el anime: Satoshi Kon, autor japonés de notoria influencia entre los noventa y la primera década del nuevo siglo, moría en la comodidad su hogar en Tokio. Se lo llevaba el maldito cáncer a la temprana edad de 46 años, seis meses después de habérsele diagnosticado dicha enfermedad en el páncreas. Así pues, este único y genial autor, nacido en Kushiro en 1963, pasaba a mejor vida dejando tras de sí un legado fílmico no tan prolífico como a muchos nos hubiese gustado, pero enormemente interesante y de gran valor para la industria del cine de animación. Y es que aunque Kon comenzó su carrera como mangaka –dejándonos obras de la talla de Regreso al mar–, fue en el campo audiovisual y más concretamente el cinematográfico donde su nombre se abrió un hueco entre los grandes, afianzándose como uno de los autores de anime más interesantes del panorama. Una faceta del propio Kon en la que, a través de este especial que en HEM vamos a dedicarle las próximas semanas, nos centraremos.

Respecto a esto último, personalmente siempre he tenido una idea bastante clara: si Hayao Miyazaki no hubiese nacido o al menos no se hubiese dedicado a la creación de películas, el gran genio indiscutible de la animación japonesa habría sido Satoshi Kon. Quizá no hubiese gozado del mismo (y merecido) éxito internacional que se le ha brindado al genio tokiota y su glorificado Studio Ghibli –lamentablemente, el estilo de Kon no es tan exportable como sí lo es el de Miyazaki–, pero no cabe la menor duda de que Kon, de haber sucedido tal cosa, hubiese dejado este mundo con la corona puesta. Su particular estilo para concebir historias tan complejas como en cierto modo perturbadoras, deudor de un inmenso talento para contarlas, bien lo hubiesen merecido, y aunque somos muchos los que creemos que nos quedamos sin ver al mejor Satoshi Kon en el campo de la películas, el legado que nos deja este genio es de aquellos que ya lo quisiera para sí cualquier director con el doble de proyectos a sus espaldas.

Su gran oportunidad, sin embargo, se la daría en 1995 un ilustre del mundillo, Katsuhiro Otomo –de quien, por cierto, fue asistente durante un tiempo en los ochenta–, quien le colocaría como guionista de uno de los cortometrajes que conforman la colección Memories y el cual es, precisamente, el que nos ocupa ahora mismo: Magnetic Rose.

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Dado que el propio Kon alcanzaría el reconocimiento que hoy en día se le tiene gracias a su labor como director de largometrajes, Magnetic Rose es una obra que suele pasar algo desapercibida cuando se habla de la producción audiovisual del genio de Kushiro. Es un hecho que, supongo, debe atribuírsele a que por aquél entonces el bueno de Satoshi no había pegado todavía el pelotazo a nivel internacional –Perfect Blue no se estrenaría hasta 1997 y sus inicios como mangaka están algo olvidados–, a que el nombre destacado era el de Otomo y a que los cortometrajes y mediometrajes no cosechaban –ni cosechan– tanta atención como sí los largometrajes. Una verdadera lástima que esto sea así, pues aunque aquí Kon sólo desempeña las labores de guionista – de la dirección se encargaría Koji Morimoto–, Magnetic Rose supone uno de sus trabajos más intensos y absorbentes, a la vez que un sensacional campo de pruebas para todo lo que vendría después.

Dicen los más entendidos, no obstante, que la grandeza intrínseca en Magnetic Rose se debe a la multitud de influencias que recoge de los máximos exponentes de su género. Como obra de sci-fi, es la parte que le toca, y lo cierto es que negar el poco de Alien, la pizca de 2001 y ese puñado de Solaris con el que viene sazonada sería renegar de la base de una historia que, de no haberse mirado en el espejo las anteriormente mencionadas, no constituiría la sólida obra de ciencia-ficción espacial que es por sí misma ni en una décima parte. Es algo que viene de recibo, una patología que el cine de sci-fi en todas sus variantes sufre siempre y que le lleva a beber de las propias fuentes cada vez que quiere crear otras nuevas, lo que no quita que ni Morimoto, con una dirección sugerente y bien medida, ni Kon, en su ahínco de mezclar lo real con lo onírico de forma desconcertante, muestren flaqueza alguna a la hora de darle una identidad propia a una historia que se carga de alicientes a medida que progresa y que, lo que resulta más meritorio, acaba sintiéndose como un soplo de aire fresco en lo que al palmarés de relatos espaciales se refiere.

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El intento de elegancia que impregna toda la obra, prueba evidente de las influencias anteriormente mencionadas, supone para ello un pilar bastante más trascendente de lo que parece; ni Kon desde el guión ni Morimoto desde la dirección parecen estar por la labor de desbancar el potentísimo relato de intriga y terror que tienen entre manos hacia algo más orientado a la fanfarria y el despliegue de medios, probablemente porque ambos sabrían mejor que nadie que el concepto que más y mejor ha rendido en la ciencia-ficción es ese que ha buscado explotar la idea del miedo a lo desconocido, a lo remoto y a lo que no se asimila ni se comprende, plasmándolo acertada y magistralmente en la narración de una forma más insinuada que explícita e inclinando la balanza hacia el lado del buen terror –llamado tamién a menudo terror psicológico–. El triunfo, luego entonces, es prácticamente total desde todas las partes, tanto por la que ocupa la narrativa emprendida por Morimoto y Kon como la que incumbe a la partitura de Yôko Kanno, sin olvidarnos, claro está, del notable trabajo de ambientación y animación desarollado por Studio 4ºC, y que hacen de Magnetic Rose el trabajo más completo y recomendable de los tres que copan el metraje de Memories.

De todas maneras, toca afrontar la realidad: Magnetic Rose, a pesar de deberle parte importante de su calidad a Kon, es más de Otomo y Morimoto que del genio de Kushiro. El uno, por ser el autor del manga original en el cual se basa el mediometraje, y el otro, por ser quien al fin y al cabo le saca toda la sustancia necesaria al libreto. De todos modos, vale la pena hacer de Magnetic Rose la primera parada en este recorrido por la carrera filmográfica del que unos pocos llegaron a considerar como homólogo japonés de Alfred Hitchcock, pues es aquí, en su primer trabajo importante dentro del medio, donde Kon experimentaría con ese concepto tan propio de su cine que mezcla las mentes inestables, las realidades supeditadas y procesos tortuosos de catarsis. No sorprende entonces, por todo ello, que el consenso sobre que Magnetic Rose sea la pieza maestra de las tres que conforman Memories esté más o menos generalizado, pues en 45 minutos consigue ser lo que otras obras recientes de su género desecharon por el camino: ciencia-ficción de la buena, de la que se pone con impunidad en primera línea y de la que ya no se ve, intensa, vistosa –que no aparatosa– y elegante.


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